“Todos los días hemos de volver a elegir a Cristo como nuestro guía, nuestra luz y nuestra
esperanza” 

 San Pablo describía así la raíz de la vida cristiana: «Con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí».


Es la sed de Dios, suscitada por el Espíritu Santo, que todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser, y que san Agustín nos recuerda cuando escribe: “para ti nos has hecho, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti”. La presencia de Dios en todo ser humano, es profunda y al mismo tiempo misteriosa, pero puede reconocerse y descubrirse en la propia intimidad. Dios siempre ha buscado activamente la amistad con nosotros, ofreciéndonos vivir en comunión con Él. El descubrimiento del Amor de Dios es el motor más potente para nuestra vida cristiana. 

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